Un poco de seriedad

mayo 7, 2008

Mi propia falacia

Filed under: General — chei @ 4:23 pm

A mediados de abril, cuando llegamos a Villablino, aún había nieve en las montañas. Y hacía mucho frío. Yo no había estado nunca antes en un pueblo de León, y aunque soy de interior, y sé aguantar bien el frío, y sé lo que son las montañas, el encanto de aquel pueblo me dejó sorprendida. Era un pueblo tan pequeño rodeado de tanta grandiosidad… Unas montañas enormes custodiaban las fronteras. Yo pensé: “No volveré a reírme de Villablino porque su cine solo tenga una sala”.

Fue un fin de semana intensivo. Aunque lo empezamos con muchas energías. Fue casi como descubrir un nuevo Mundo, aunque casi se podría decir que Villablino y los pueblos de alrededor son un microuniverso. Una microsociedad controlada por el Dios Todopoderoso Vitorino Alonso, un hombre capaz de convertir en oro todo aquello que toca con sus dedos. El jefe supremo de la compañía Minero Siderúrgica de Ponferrada. Con él no pudimos hablar, pero nos hubiera gustado conocer su versión de los hechos.

Esa misma tarde hablamos con la alcaldesa en su despacho del Ayuntamiento. Mientras preparábamos el material reparé en un plato chino que parecía ser de oro. Estaba dentro de una cajita de cristal, y un gran lazo rojo pomposo rodeaba la caja. Qué caro parecía. Abrimos un poco los estores para que entrara más luz. El despacho era muy acogedor, y ella muy agradable. Como buena política. Y muy correcta. Políticamente correcta.

Esa noche nos acostamos intranquilas. A la mañana siguiente visitaríamos las explotaciones a cielo abierto. Demasiados hombres y nosotras demasiado niñas. Eran las diez cuando nos enfundamos las chiruka, los forros polares, los abrigos y los guantes. Y que fuera lo que Dios quisiera.

El Coto fue la primera explotación que visitamos. No impactaba demasiado porque nevaba mucho y todo era blanco y esponjoso. Un enorme dumper nos pasó por el lado. Era tan grande que el señor que lo conducía parecía un playmobil. Allí vimos a la Hitachi 5000, la máquina de matar montañas. Más que enorme, con ruedas de oruga, y un gran brazo exterminador que se introducía en las paredes de la montaña y se la comía poco a poco. Qué impactante, qué impresionante. Era todo tan nuevo para mí que me pasé el fin de semana entero con la boca abierta.

En Tormaleo no estaba tan nevado, y comencé a entender un poco el sentido de tantas montañas de tierra caótica. El hecho de que aquel valle de barro y carbón fuera tan impresionante era que antes de haber eso, había una montaña encima. Resulta difícil ubicar una mole de tierra tan grande donde ahora solo hay nada. Pero estaba allí. Mirando alrededor mientras el encargado de la empresa, un señor con barba muy campechano, nos contaba falacias acerca de la explotación de Feixolín, descubrimos de repente, un valle verde al otro lado de la explotación. Cuatro casitas, una iglesia, mucho, mucho prado. Qué choque, qué contraste. Pude visualizar lo que había sido montaña y lo que ahora era nada.

Demasiadas emociones nuevas en tan solo una mañana.

Esa tarde hablamos con un chico del Partido de los Verdes de Villablino. Un auténtico defensor de la naturaleza que vivía de principios más que de comida. Otra visión distinta de los hechos. Nos contó muchas cosas de todo. De la alcaldesa, de que era senadora (y yo me acordé de su plato de oro chino), de las explotaciones, y de que no se repoblaba como era debido. Sin duda, un auténtico rebelde disconforme con el Mundo. Un café y unos retorcidos de masa de rosquilla y ya estábamos metidas de lleno en la historia de Villablino.

A la mañana siguiente la temperatura había bajado aun más. Subimos a Fonfría. Desde allí se podía ver Feixolín. Hacía tanto tanto frío que nos dolían las uñas de las manos. Observamos la explotación que incluso la propia alcaldesa nos había dicho que no era legal del todo. La más grande montaña de los alrededores había sido seccionada por la mitad. Se le había extirpado la cabeza. Era una montaña sin pico. Varios dumpers y alguna Hitachi rebuscaban entre sus vísceras, sacando carbón.

Esa visión me dolió un poco.

Bajamos la montaña rotas por el frío, viendo trozos de tierra repoblados. En algunos, había hierbajos sueltos, muertos de pena, de un color triste cenizo. En otros, pastaban las ovejas. Ni tanto, ni tan poco. El verde también había exagerado.

Tres visiones diferentes de un mismo tema. Tres falacias diferentes sobre una misma causa. Y todos hablaban de lo mismo. De un pueblo dividido entre dos opiniones.

Esto fue lo que vi yo y esta es mi visión, mi propia falacia.

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